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domingo, 22 de marzo de 2015

Castilla la Novísima o la tercera vía para el sur

Por Javier Martínez


Escribía recientemente el escritor, filósofo y catedrático de Lengua y Literatura andaluz, José Mª Vaz de Soto (Paymogo, Huelva, 1938), en El Mundo 02/03/2015, un artículo titulado “Castilla la Novísima” que con agradable sorpresa para mí decía: 
“No diré que para la gente en general ni para la gente culta, pero para la semiculta del norte de España, Andalucía es pueblo llano autóctono y aristocracia venida de fuera, o dicho con una imagen de no lejana actualidad, Cayetana de Alba y gitanos. Vaya por delante que yo soy, o me considero, un andaluz de la tercera vía. No me hace gracia la identificación de Andalucía con los gitanos, ni tampoco (por más que así nos vea cierta gente de Bilbao o Valladolid) con una masa agitanada y unos pocos aristócratas llegados de otra parte, o sea, de la suya. Y es que de esa otra parte, esto es, de la España medieval cristiana, procedemos históricamente, nos guste o no y les guste o no a ellos, no sólo la aristocracia, sino la inmensa mayoría de los actuales andaluces. En cuanto a los gitanos que aquí viven, por supuesto que son tan andaluces como los payos, pero no son, como algunos creen, Andalucía; sólo parte de ella, y no la mayor”
O sea, como en todas partes, añado yo, por lo que no se explica que sea solo con esa tierra con la que se identifica el gitanerío, el flamenquito y la heroína que se chutaba el amigo Camarón. Nada que no veamos en las barriadas de Madrid, Barcelona o Valencia… o París, Burdeos y Marsella. ¿Por qué solo se asocia la marginalidad con Andalucía? , ¿no será que allí se idolatra a "los perdedores"? Y hasta al enemigo-invasor.


Cada 23 de noviembre, día de la Toma de Sevilla, se procesionan conjuntamente la espada Lobera de Fernando III (cogida por la punta por el alcalde pues la empuñadura se reserva al Rey) y el Pendón de Castilla (portado por el concejal más joven) por el interior de la catedral (Foto ABC Sevilla 24/11/2011). El burgalés Ramón Bonifaz fue el primer marino condecorado como Almirante de Castilla tras capitanear con éxito la toma de Sevilla por el río, encargo que recibió directamente de Fernando III (que asedió por tierra), y cuyas naves fueron construidas en las denominadas cuatro villas marinas de la costa cántabra de Castilla: Laredo, Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera, sede de la Marina de Castilla creada por su abuelo Alfonso VIII. Este es el origen de la Armada de Castilla, la primera peninsular, formada toda ella por marinos montañeses, los primeros en llevar el pendón castellano a Sevilla. Menos conocido es que también fueron los montañeses quienes llevaron la ganadería a esas tierras. Felipe González, ex-presidente del gobierno español a finales del siglo XX, e hijo de ganadero, es descendiente de esa estirpe castellana cántabro-montañesa de ganaderos. Trascurridos los siglos, resulta sonrojante que Fernando III, el creador de Castilla la Novísima, haya sido "sustituido" por el grotesco Blas Infante.
Continua el artículo: 
“Tampoco me parece nada acertada, por muy poética que pueda sonar, la identificación de Andalucía con ‘las gentes que a mi tierra vinieron’, como rimaba Manuel Machado, o sea, con los árabes o los moros. Es más, resulta paradójico y disparatado que algunos andaluces hayan terminado identificándose con nuestros enemigos seculares de antaño, sabiendo como sabemos que Andalucía fue, desde mediados del siglo trece, vanguardia de la España cristiana contra el Islam hispánico y norteafricano, empezando por la llamada Frontera, que ha dejado su nombre en tantos topónimos andaluces, como Jerez de la Frontera, Arcos de la Frontera, Morón de la Frontera o Aguilar de la Frontera, así como en los romances denominados fronterizos por Menéndez Pidal”. 
En efecto, hay hoy una Andalucía oficial y política que por alguna extraña razón, quizás para auto-justificar su existencia administrativa, olvida intencionadamente a los tres verdaderos creadores de Andalucía. A saber, Alfonso VIII de Castilla, el que abrió la lata en Las Navas (La Carolina, Jaén), Fernando III de Castilla, el que se comió todo el pescao habido y por haber del valle del Guadalquivir (Jaén, Córdoba, Sevilla y parte de Extremadura) y atrajo, unió y fusionó, para la causa castellana, la sangre leonesa, e Isabel I de Castilla, quién cerraría el candado castellano tras la Toma de Granada y cuya conmemoración-celebración-homenaje tanto jode hoy a la izquierda pro-moruna local, que no dudan en manifestarse con banderas verdiblancas con lemas en árabe. Y lo peor, han sustituido y arrinconado a tres gigantes de la política y la historia patria, por un botarate padrecito imaginario de una presunta “patria” andaluza: el filoislamista Blas Infante.

“Por tanto, señores andalucistas blasinfantiles de cualquier partido, perdonen que les lleve la contraria, pero nada de ‘volver a ser lo que fuimos’, porque nunca lo fuimos; es decir, nada de musulmanes, casi nada de árabes ni de moros, poco de gitanos y rebajen ustedes las supuestas tres culturas de las que siguen presumiendo a falta de mitos prehistóricos o altomedievales. Yo aceptaría para nuestra región, al margen de estatutos de autonomía y proclamados padres de supuestas patrias, el sobrenombre de Castilla la Novísima, de no ser porque no quiero que se me confunda con fundamentalistas de signo opuesto y porque pienso que hay también una Andalucía más o menos leonesa (Huelva y media Sevilla), otra algo aragonesa y levantina (Almería y parte de Granada) y otra, dispersa, de todavía más al norte, incluso de allende el Pirineo. Pero frente a los adictos al mito, tanto de por aquí (Blas Infante, sin ir más lejos) como de por allá (Ortega y Gasset a la cabeza), prefiero adscribirme, antes que a la ficticia Andalucía ‘oriental’ de los románticos o a la manuelmachadiana ‘de la raza mora, vieja amiga del sol’, a la Andalucía europea y cristiana -creyente o incrédula a estas alturas de la modernidad- comoquiera que queramos llamarla.” 

No tema don José Mª, en aceptar lo de Castilla la Novísima. Ignoro el motivo, pero observo con preocupación que en cuanto nace el más mínimo atisbo de castellanismo en los hijos de la tierra de los castillos, nosotros mismos, más aún cuanto más cultos, nos encargamos de abortarlo. Creo honestamente que tememos ser equiparados a la carcunda periférica, tan desleal, tan atrabiliaria y tan antiespañola. Afortunadamente, el castellanismo político no ha tenido ensoñaciones ni tentaciones independentistas ni filototalitarias; ni siquiera necesitamos inventarnos una historia para sentir el pecho hinchado, nos mueve alzar nuestra débil voz contra los que vilipendian nuestra lengua y legado desde tres o cuatro esquinas peninsulares. Es algo defensivo. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién? ¿Vamos a pedir perdón por ser Castilla, por qué habéis de renunciar a llamaros Castilla la Novísima? Las primeras batallas que se pierden son las que no se disputan. Y esta es una batalla ideológica, intelectual. Si Blas Infante de alguna manera ha triunfado en el imaginario andaluz ha sido por incomparecencia del resto.



¿Quién era Blas Infante?


Blas Infante Pérez de Vargas (Casares, Málaga, 1885-Sevilla, 1936), de apellidos inequívocamente suecos, notario de profesión y político de vocación, fue el principal ideólogo del andalucismo, unas veces de matiz regionalista, otras federalista y no pocas nacionalista de tipo islamófilo. Anarcoide e izquierdista radical siempre pese a su origen aburguesado, es el gran enterrador y desprestigiador de la raíz castellana y católica de Andalucía, estando además considerado oficialmente, cágate el lorito, tanto por el Congreso de los Diputados como por el Parlamento de Andalucía como el “Padre de la Patria Andaluza”, como el creador de Andalucía cuando no pasó de ser un pintoresco intelectual más, bastante malo a poco que se analice su obra. Como todo izquierdista con sueños revolucionarios que se precie, primero ha de nacer y vivir en una casa acomodada. Hijo de licenciado en Derecho (¡en el siglo XIX!) secretario de juzgado, ergo funcionario del Estado, y madre labradora de clase media con tierras en propiedad, fue a la Universidad de Granada, como los señoritos entonces, donde se licenció en Derecho sin más. No fue hasta la década de 1920, siendo ya notario, profesión típicamente obrera, cuando descubrió el mundo jornalero andaluz y sus penurias, algo que le era ajeno, aunque no indiferente: “Yo tengo clavada en la conciencia desde la infancia la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo” escribió.

Creador-inventor-soñador de una identidad e historia andaluzas, nunca mejor dicho, muy personal, no se arrendó y se consideró elegido para reinventar a su gusto para Andalucía (el gran sur del reino de Castilla), toda suerte de cuentos más o menos filoislamistas que se le ocurrió entre vino y vino. Entre sus inventos al más puro estilo Sabino Arana, un día vio la luz y encontró una bandera, un escudo y un himno para Andalucía como si la cuartelada castellana nunca hubiese existido. Así diseñó la infame bandera verdiblanca: inspirándose en el verde, color del islam (y de los Omeyas), y el blanco (color de los Almohades), esto es, adulando al enemigo secular de los castellanos que allí llamamos andaluces. Jamás entendió que si "andalusí" y "andaluz" se parecen, no es más que una coincidencia fonética (hablamos de pueblos étnica, cultural, religiosa y políticamente distintos y enfrentados), que Al-Ándalus no es Andalucía, sino la España musulmana, cualquiera que fuese su extensión, que como todo el mundo leído sabe, fue variando su territorio según la reconquista avanzaba y que en su máximo apogeo cruzó los Pirineos. Reconquista, no conquista, nótese el matiz.

Durante algún tiempo, el llamado Pendón de Castilla con el que se conquistó Sevilla en 1248 y que se conserva en su catedral, se pensó, al no encontrar explicación a los tres cuarteles a uno, que era un paso previo al diseño definitivo del reino unificado de Castilla y León, que llevaba unido apenas 18 años. Hoy se sabe, gracias al Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico que lo restauró, que hubo dos restauraciones en siglos anteriores de las que no se tenían noticia donde se recosió con retales de otros pendones. Eso explica que el león esté girado hacia la derecha y que hay un castillo de más y un león de menos.
El propio Blas Infante dejó escrito que la primera idea de la bandera andaluza se la sugirió una manifestación de mujeres en Casares, su pueblo, que portaban una “bandera” de solo dos franjas horizontales, una verde y la otra blanca. Quiso ver en esos trapos para protegerse del sol un origen histórico. De hecho, él mismo dejó claro que la elección de los colores tenía su origen en su admirado mundo musulmán. Observó que en 1195, tras la victoria mora sobre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla, en la Batalla de Alarcos, sobre el alminar de la mezquita mayor de Sevilla, entonces Isbiliya (árabe أشبيليّة), ondeó una enseña verde (color del islam, no lo olvidemos) junto a otra blanca (de los Omeyas). Otra fuente de inspiración del tarambanas de Blas Infante, parece ser una vieja leyenda mora según la cual a un iluminado que predicaba en los pueblos del Atlas marroquí se le apareció una especie de ángel que le revelaba un fabuloso Imperio que unía las dos orillas del estrecho de Gibraltar, con el verde paraíso de Al-Ándalus (los moros siempre consideraron a Hispania su paraíso terrenal) y el blanco Magreb de los almohades. Así pues, el verde-blanco-verde sería algo así como Al-Ándalus-Magreb-África subsahariana, también musulmana, claro. Por si eso no fuese suficiente inspiración, existe un poema de Abu Asbag Ibn Argam, natural de Guadix y visir del emir Almotacín de la entonces taifa de Almería, que cita una enseña verdiblanca (normal si son moros) que ondeaba en la Alcazaba de Almería en 1051 antes de que los castellanos les dieran matarile y se limpiaran los zapatos con ella. Normal si son moros que usen el verdiblanco, pero anormal y subnormal si son cristianos, huelga decir.

No solo la desnortada izquierda andaluza anda sin brújula. La derecha garbancera no le anda a la zaga, le hace seguidismo. Especialmente llamativo es que el alcalde de Sevilla, el juez Juan Ignacio Zoido, del PP, homenajee y reivindique al cretino separatista y converso de Blas Farsante, un tipo fascinado por el Islam y la España musulmana (Ál-Ándalus) no desde una óptica cultural o meramente histórica, sino política. Para Zoido "el 4 de diciembre es el día que los partidos y organizaciones del ámbito del nacionalismo andaluz reivindicamos como el Día Nacional de Andalucía. Es por tanto una fecha que deben recordar todos los andaluces, junto al nacimiento de Blas Infante, el 5 de julio de 1885 [...] hay que mantener vivo el legado del padre de la patria andaluza, que incluso llegó a dar su vida por ella. Formar parte de Andalucía es también saber transmitir este legado" (EFE/Diario de Sevilla, 05/12/2011). Blas Infante propuso, en "El ideal andaluz", un Estado andaluz separado del resto de Castilla y España y hermanado con Marruecos, llegando a asegurar que "el idioma andaluz (sic) debía escribirse con caracteres árabes y no latinos". Blas Infante, padre de la patria andaluza, también para el PP como vemos, solicitó su entrada en la masonería (sociedades secretas anticatólicas que buscan el poder absoluto mediante subterfugios) en 1923, en una logia reunificada llamada Isis  y Osiris (perteneciente a la Gran Logia de Oriente de España). Sr. Zoido, ¿cómo pretenden gobernar alguna vez en Andalucía? La gente siempre prefiere el original a la copia, aún cuando el original sea estiércol.
No acaban ahí las banderas moras verdiblancas conocidas en las que este tuercebotas se pudo inspirar. Aunque el estandarte nazarí del emirato de Granada era rojo, de los veintidós estandartes tomados por el conde de Cabra (¡maldito castellano!) a Boabdil en 1483, dieciocho ostentaban los colores verde y blanco. Es cierto que verde fue también el estandarte que los Reyes Católicos dieron en Granada a las Guardias Viejas de Castilla (el ejército castellano para entendernos) para su defensa, pero no parece que sea este el origen de la inspiración de don Blas, vista la alergia y la urticaria que lo castellano y lo católico le producían a partes iguales.
Foto de Blas Infante vestido con chilaba marroquí que nos ocultan. Si este señor hubiese hablado una sola vez con cualquier gitano andaluz (éstos si de otra raza aunque tan andaluces como el que más, conste), se habría percatado que todos ellos llaman castellanos a los andaluces blancos. Esa costumbre de llamar castellanos a quienes en otras partes llamarían simplemente payos no es casual. Los gitanos no se han visto influenciados por el botarate de Blas Farsante, viven pegados a la tradición. Tampoco es difícil oír a andaluces que dicen "los castellanos y los guiris somos diferentes", en relación a los turistas. Yo lo he oído en la Costa del Sol, probablemente la zona más cosmopolita de Andalucía.
El 8 de mayo de 1521, año comunero en toda Castilla, el pueblo hace tiempo castellano de Sevilla (desde 1248), vio como en uno de sus barrios, el de Feria, auténtico gueto donde se amontonaban los descendientes de moriscos y andalusíes aún no expulsados, se alzan y recorren la ciudad dirigiéndose hacia el Ayuntamiento, al que lanzan piedras y todo tipo de objetos, diciendo dame pan. El asistente (alcalde) de la ciudad calmó a la muchedumbre ofreciéndole vino, o sea, alcohol, detalle no menor. Pero el 9 de mayo seguían teniendo hambre en la morería (nunca hubo buena convivencia entre las tres culturas, eso son mitos, la realidad es que vivían en barrios separados), se apoderan de armas y piezas de artillería y liberan a los presos. Sevilla, que siempre estuvo del lado realista durante las revueltas comuneras, quizás para asegurarse la protección del Rey contra el latente problema étnico-religioso interior, temió una revuelta similar a ésta por lo que llamó rauda al ejército castellano que aplastó la rebelión y ajustició, según costumbre de la época, a los cabecillas cortándoles la cabeza y colgándolas en la ventana principal de palacio de los marqueses de la Algaba. En la mayoría de ciudades andaluzas, el problema gordo no eran tanto los altivos flamencos europeos que manoseaban el reino, como los moritos. Eso explicaría que la mayoría de ciudades andaluzas apoyasen la causa realista frente a la comunera (que sí prendió en la meseta). De hecho, la causa comunera si tuvo apoyo en las zonas altas primeramente reconquistadas del gran valle del Guadalquivir, donde la limpieza étnica ya estaba avanzada o terminada (Baeza, Úbeda, Jaén), donde los moros había sido empujados hacia Granada. Aquel amotinamiento de la moruna sevillana contra la carestía de los alimentos que se decía antes, o de la vida que decimos ahora, se hizo recorriendo las calles precedido por un estandarte verde tomado a los moros por Alfonso X y que se custodiaba en la iglesia del Ómnium Sanctorum. El episodio es conocido como el Motín del Pendón Verde (Ramos, 1987).

Perroflautismo Er Llano (sic) o cómo no saber quién era tu padre ni tu madre. Gustará más o menos, pero la preocupación por la pureza y la limpieza de sangre fue una constante de la historia de España durante siglos, lo que acababa en expulsiones y deportaciones masivas y constantes de los moros por toda la península, hasta no dejar ni uno. También para evitar continuas revueltas sociales y políticas. Estudios recientes genéticos confirman que el rastro étnico musulmán es inapreciable y que incluso es menor en Andalucía que en Galicia, Léon o Zamora, por ejemplo. Otro mito, como el de la presunta idílica convivencia de las tres culturas, que cae. Aquí hubo una cruenta guerra que duró 800 años, un choque de civilizaciones.
Durante la Conspiración del duque de Medina Sidonia en 1641 (un episodio oscuro cuya veracidad genera controversia y que se sitúa en el contexto de la crisis de 1640, simultáneo a la revuelta de los catalanes y la independencia de Portugal, donde el IX duque de Medina Sidonia y el VI marqués de Ayamonte planearon una simple conjura nobiliaria de carácter estamental o particularista según unos, o un intento secesionista o independentista, al modo catalán y portugués según otros, por el que se pretendía sublevar Andalucía contra el rey de Castilla para instaurar en ella una Monarquía en la persona del citado duque), una bandera partida verticalmente de verde y blanco fue la enseña de la alianza sediciosa entre el duque de Medina-Sidonia con los moriscos de Tahir Al-Horr, que se alzarían en Andalucía oriental (Ramos, 1987). El IX duque de Medina Sidonia, recordémoslo, era el jefe de la casa de Medina-Sidonia, depositaria del ducado más antiguo de la nobleza castellana, poseedora de vastos señoríos en el antiguo emirato de Sevilla y otros más pequeños en el de Granada, la mayor fortuna de la región castellana de Andalucía y una de las mayores de España. Repárese cómo verde, islam, enemigo, traición y sedición van muy unidos siempre.

Otra idea-ocurrencia de don Blas el farsante fue la de crear un himno andaluz. Bueno, crear, lo que se dice crear, es mucho decir. En realidad lo falsificó. Cogió una cancioncilla popular andaluza y le quitó la letra sustituyéndola por otra de su invención. Eso hoy sería un fraude imposible de comercializar. Pero ahí está viva la ocurrencia.

¿Acabamos con Granada o con los moros invasores?, ¿lo hicieron mis antepasados o los tuyos que vives en Andalucía? O acabábamos con ellos, o ellos lo hacían con nosotros. Tan fácil de entender como eso. Pero no es que no lo entiendan, es que ocultan sus verdaderas intenciones: el andalucismo no es tal cosa, es una máscara del islamismo. El andalucismo, para ser auténtico y creíble, debería ser una parte del castellanismo. Contraponer lo andaluz a lo castellano, simplemente es del género estúpido porque son lo mismo.
Tras presentarse varias veces a las elecciones, y nunca obtener representación, decidió viajar a Marruecos en 1924. Antes, en 1919, redactó el Manifiesto de Córdoba, donde se acuña por primera vez lo de “nacionalidad histórica” para Andalucía, así, con un par, ninguneando implícitamente su pertenencia histórica al reino de Castilla, y que entre otras lindezas decía:
“Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España […] Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los pueblos extranjeros […]. Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional”
En Marruecos, donde visitó la tumba de Motamid en Agmhat y conoció a los supuestos descendientes de éste, se convirtió al Islam mediante la Shahada (ceremonia pública de su reconocimiento como musulmán), en una pequeña mezquita de Agmhat, adoptando el nombre de Ahmad. Los testigos del acto por el que Blas Infante se convertía/reconocía musulmán fueron dos presuntos "andalusíes" nacidos en Marruecos (ergo no son ya andalusíes pues estos eran los musulmanes nacidos en Hispania o Al-Ándalus) y descendientes de moriscos: Omar Dukali y otro de la Kabila de Beni-Al-Ahmar.

Como se ve, primero renunció a sus apellidos y orígenes castellanos (como los de todos los andaluces por otra parte) y luego a su cultura católica. También aprendió árabe, dicen. Sin embargo, su familia no aceptó jamás esa conversión al Islam. En una entrevista publicada por los diarios del Grupo Joly, su hija, María de los Ángeles Infante (nombre de pila cuanto menos significativo), desmiente su filiación islámica y afirma que era un gran admirador de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, además de benefactor del convento de Madres Dominicas ubicado en la calle San Vicente de Sevilla. Lo que da idea de la empanada mental y de identidad de este hombre abducido por la huella árabe en su tierra, no así de la romana, la visigoda o la castellana, la más evidente de todas. Y es que una cosa es la admiración por las cosas buenas que el islam nos dejó y otra muy distinta confundir el culo con las témporas, los cojones con comer trigo.

Blas Infante en Agmhat, peregrinó a la tumba de Motamid, conoció a Omar Dukali, descendiente teórico del último Emir (equivalente a Rey) de Sevilla y testigo de su Shahada (ceremonia pública de su conversión), el 15 de septiembre de 1924, ante dos testigos que le regalaron una chilaba y una daga bereber. Buscando al descendiente del enemigo para arrodillarse ante él, así podría calificarse su viaje y su vida.
Blas Farsante no hizo otra cosa en toda su vida que falsear la historia de Andalucía, deformarla hasta la náusea, algo muy frecuente en la historiografía romántica de finales del siglo XIX y principios del XX. Y la farsa continúa, esta vez con la colaboración de las instituciones. Todo ello en aras de favorecer un localismo alicorto, de vuelo gallináceo.
Pocos saben que cuando se diseñó la bandera andaluza, los nacionalistas islamófilos andaluces, tan castellanófobos ellos, incluyeron como territorio andaluz a Badajoz y Murcia. Ese ramalazo expansionista es, junto a su carácter islamófilo, motivo suficiente para ser rechazada. Actualmente, el nacionalismo andaluz, ahondando más en su ignorancia y delirios, promueve cambiar el lema del escudo que reza "Andalucía por sí, para España y la Humanidad", una de las pocas cosas dignas de esa ideología, por "Andalucía por sí, por los pueblos y la Humanidad". De momento, no se les ha ocurrido eliminar los leones hispánicos del mismo, debido sin duda, a que no conocen el significado de los mismos, cosa que ya le pasaba a Blas Farsante.
En 1928 viajó a Galicia para reunirse con los ideólogos del galleguismo, que también se apuntaban al deporte de vilipendiar a Castilla y lo castellano (muy extendido desde 1898), llegando a participar en la revista galleguista Nós (Nosotros). En esa época también conoció Portugal. Viajar no estaba al alcance de cualquiera, solo de los señoritos con posibles. En 1931 participó en la candidatura del Partido Republicano Revolucionario a las elecciones generales. Resultado desastroso, queda fuera. Tras pasar por el Partido Republicano Federal, también fracasa en su intento de conseguir representación; en 1931 publica “La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía”, donde critica con dureza la manera de actuar de la República y relata el boicot al que fue sometida su candidatura andalucista en las elecciones. En esta obra, su postura se radicaliza al definir como Estado Libre a Andalucía. A pesar del boicot anterior se presentó de nuevo en las elecciones de 1933 por Málaga, dentro de una coalición llamada Izquierda Republicana Andaluza formada por el Partido Republicano Radical Socialista (PRRS) y por la Izquierda Radical Socialista. Todo “moderación”, como se ve. Nuevo fracaso electoral del neo-morito. Fue ese año, en 1933, cuando propuso que la melodía del canto religioso Santo Dios, un himno que cantaban los segadores de algunos pueblos andaluces a la salida o a la puesta del sol, fuera el Himno de Andalucía, cambiándole la letra por un texto suyo, no sea que sonase demasiado castellano o católico, es decir, andaluz auténtico.
Bandera de Ál-Andalus, es decir, de la España musulmana, cualquiera que fuese su cambiante extensión, y no de Andalucía. Su parecido a la inventada por Blas Farsante no es casualidad. El andalucismo creó, y coló, la bandera del enemigo siglos después de haber desaparecido. Esa bandera,
Un falsificador nato este hombre, que sin embargo sí tuvo cierto grado de compromiso social con la causa de los "descamisados" del campo. Esto último, unido tal vez al hermoso lema grabado en el escudo andaluz ("Andalucía por sí, para España y la Humanidad"), de inequívoca universalidad, pero otra falsificación heráldica más pues procede del escudo de Cádiz, han servido para blanquear su ideario, para adoptarlo y acomodarlo sin rascar demasiado en el mismo. Y lo ha hecho tanto la indocumentada izquierda pijoprogre como la ramplona y acomplejada derecha seguidista andaluza. Cosas de las élites políticas andaluzas posTransición, que no de Andalucía, que necesitaban un progenitor de la patria para justificar sus cargos de nueva creación y chupar del bote (erario).

En La Junta de Andalucía no cabe un tonto más.
Este himno, junto con la bandera y el escudo elegidos en la Asamblea de Ronda de 1918, son actualmente los símbolos oficiales de Andalucía, según el artículo 6.2 del Estatuto de autonomía de Andalucía de 1981, reformado en 2007, y con el visto bueno de los cantamañanas del PSOE y PP, que dieron así rango de oficialidad a tanto disparate. Tras las elecciones de 1936, con la victoria del Frente Popular, el movimiento andalucista recobró fuerzas (la izquierda española y el andalucismo filoislamista tenían en el anticlericalismo católico un punto en común). Durante la Asamblea de Sevilla celebrada el 5 de julio de 1936 se aclamó a Blas Infante como presidente de honor de la futura Junta Regional de Andalucía. Como lo oyen, presidente de honor a quién jamás consiguió un triste escaño y además “de la futura Junta”. Para qué esperar. El 18 de julio se inicia la Guerra Civil según unos (según otros la verdadera Guerra Civil se inició en 1934), desatándose la barbarie que todos conocemos. Detenido en su casa de Coria del Río, fue fusilado, sin juicio ni sentencia (éstos tampoco esperaban), junto a otros dos detenidos en la carretera de Sevilla a Carmona. Cuatro años más tarde el Tribunal de Responsabilidades Políticas, creado después de la guerra, le condenó a muerte y a sus herederos a una multa económica, según un documento de 4 de mayo de 1940 fechado en Sevilla, no por traición, no por troyano de la causa mora, sino “porque formó parte de una candidatura de tendencia revolucionaria en las elecciones de 1931 y en los años sucesivos hasta 1936 se significó como propagandista de un partido andalucista o regionalista andaluz”.

De alguna manera, toda la izquierda andaluza bebe del ideario blasinfantista que hace posible que hoy, partidos como Podemos, IU o el PSOE (y sus brazos sindicales) reivindiquen sin despeinarse expropiar la Catedral de Córdoba o la Giralda de Sevilla, antes mezquitas, y más antiguamente aún iglesias visigodas. Monumentos que si han sobrevivido arquitectónicamente ha sido precisamente porque los cristianos católicos castellanos no eran tan salvajes e insensibles como los pintaba el islamófilo Blas Infante. No podemos decir lo mismo de las iglesias visigodas, arrasadas por los moros. No verán jamás a ningún partido andaluz (tampoco de la acomplejada derecha, todos ellos unos cagarrias), reivindicar la bandera castellana. Incluso es difícil verles ondear una rojigualda española, no así una de la II República. La subliminal alianza izquierdista-andalucista (en sentido islamista) domina el panorama andaluz.
Que nadie lo dude. Si este majadero viviese hoy, es altamente probable que sería uno de esos yihadistas occidentales del Estado Islámico que quema vivos en jaulas expuestas al público a los católicos, rebana con sus cimitarras el cuello de los occidentales que secuestran o despeña desde la azotea de los edificios a los gays que osan ser libres. Todo grabado y retransmitido por internet. Un auténtico tontolhaba con chilaba este caballo de Troya. ¿Creen que exagero? Lean lo que decía el personaje en una entrevista el 11/06/1931 concedida al periodista sevillano Fco. Lucientes en el diario El Sol:
"Los liberalistas [próximos a la anarquista CNT], suprimido ese valladar de esclavitud, vamos más lejos: a unir un latido común por Andalucía a 300 millones de seres a quienes destruyó su cultura la tiranía eclesiástica. Pregunta: ¿Ve ese instante inmediato? Un 'crack' en Europa, por ejemplo una nueva guerra, lo produciría automáticamente. Entonces, el 1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco y los 300 millones de hombres de Afro-Asia que sueñan por nuestra cultura, intervendrán para destruir de una vez la influencia del Norte"
Sí, del Norte, de Castilla, de la Cristiandad, de España entera, de Occidente. Lo dice bien claro. Que semejante botarate converso defensor del enemigo secular y gran falsificador de la historia andaluza tenga docenas de estatuas, placas y reconocimiento oficial en Andalucía (cada 28 de febrero es homenajeado en el Día de Andalucía), y aún en España, es un oprobio para la auténtica, católica y castellana Andalucía, la que un día se supo Castilla la Novísima, a la que se mancilla. Más ignominia aún si se tiene en cuenta que el pueblo andaluz, siempre le dio la espalda elección tras elección. Ni un acta de concejal de pueblo, oigan. ¿Se necesita o no la tercera vía, a Castilla la Novísima? Hoy Andalucía vota en elecciones al Parlamento regional. Más que votar, lo que deberían hacer es botar y vomitar al blasinfantismo, al trapo verdiblanco, a cuanto recuerde a esa Andalucía folclórica de charanga y pandereta, flamenco y trajes de gitana incluidos. Eso o acabarán nuestras mujeres vistiendo como cucarachas. Eso o tasas de paro crónicas del 35% (59% entre los jóvenes, cuya tasa de abandono escolar del 33% simplemente sonroja).

¿No a la celebración-conmemoración-homenaje de la Toma de Granada? Naturalmente que sí.
Extremadura leonesa, Extremadura castellana

No quiero terminar sin antes hacer referencia a la bandera de esa otra región española, Extremadura, mitad leonesa, mitad castellana, que también ha caído, aunque en menor medida, en la mitificación de lo árabe o moro como identificativo de lo andaluz-extremeño, pese a que es un hecho probado la desaparición física por expulsión de la totalidad de la población árabe-musulmana y de la disolución de la poca cultura que quedó de éstos en la católico-castellana, cultura que básicamente se reduce a la arquitectura, no así al idioma árabe ni a la religión musulmana. En Extremadura, también se cayó en el pozo ciego de diseñar con aires morunos su bandera autonómica al usar los colores del enemigo, caso menos conocido que el andaluz. ¿Casualidad? En esta España botijera que tenemos, lo dudo.

Toda la basurilla al completo oponiéndose a la celebración de la Toma de Granada por parte de sus ancestros. Vivir para ver. El cubo marxista que todo lo recoge.
Creada en 1977, la bandera-trapo extremeña tampoco escapa a la fascinación islamista posTransición vivida en toda España: en este caso la banda negra, única diferencia respecto de la andaluza, hace referencia a la dinastía aftásida de los emires de Badajoz. Claro que otras versiones aseguran con orgullo que hace referencia al paro, la marginación y el atraso además de a los almohades. ¿Pero cómo se puede sentir orgullo de eso? Tampoco falta quien hace un potaje histórico, sin duda tras fumarse diez porros, mezclando la Orden de Alcántara cristiana con el reino de Léon, el romano Estrabón y la taifa aftasí. Demencial es poco.
Según cuenta la Wikanda, "el negro, el verde, el blanco y el rojo, son los denominados colores "panárabes" (que tanto nos recuerdan a las banderas palestina y saharaui) por ser los usados por el Emir de Hiyaz (actualmente parte de Arabia Saudita) en su revuelta contra el dominio turco en 1917. Cada uno de los colores se identifica con una de las familias descendientes de Mahoma que ocuparon el poder a lo largo de la historia d ela conquista islámica (Lux-Wurm, 2001)".

"El blanco sería el color del estandarte de Qusay, antepasado de Mahoma, y se considera el color de los Omeyas de Damasco, bajo los cuales se llevó a cabo la conquista de Al-Ándalus [o sea, de Hispania]. Blas Infante, en realidad identificó a los Omeyas con el verde, color también usado por los almohades.

El rojo fue usado por el segundo sucesor y suegro de Mahoma, Omar (634-644), y posteriormente se identificó con la rama religiosa de los 'puros' o jariyitas, separados de la ortodoxia y predominantes en los estados del golfo Pérsico. también ha sido siempre el color de los guardianes de La Meca, los hachemitas, actualmente la dinastía reinante en Jordania. Desde el siglo XII fue adoptado por los turcos otomanos.

El negro es el color que cubre la Kaaba, la Piedra Negra objeto de veneración y peregrinación en La Meca. Fue la insignia de la dinastía Califato Abasida y de los almorávides que dominaron Al-Ándalus [Hispania] entre los siglos XI y XII.

El verde está considerado el color propio de Mahoma, por ser el de su turbante, que agitaba en el combate para animar a los suyos, y es el que comúnmente se identifica con el Islam en su conjunto. Más propiamente, es el color con que se identifica a la dinastía Califato Fatimida, que llegó a gobernar sobre todo el Norte de África".

Todo esto pone de manifiesto el desastre monumental que supuso crear un Estado autonómico basado en regiones, y no en los antiguos reinos hispánicos peninsulares. El desastre está servido, no sabemos ni dónde pisamos ni adónde vamos. Tenemos más CC.AA. que reinos autónomos en el siglo XV.

No todo es carcunda en Andalucía. Hay esperanza. En la foto, I Antorchada Memorial Fernando III Sevilla 1248, de la Asociación Cultural Fernando III, el 22 de noviembre de 2014.
Pendón histórico de la Ciudad de Sevilla, también llamado Pendón de San Fernando, en vigor hasta 1995, cuando Juan Carlos I cambia y entrega a la ciudad la nueva enseña, la del NO-DO, con una excusa tan burda como que "la dificultad de su reproducción impide su popularización". En la actualidad solo se usa, y no es poco, para tomas de posesión de la alcaldía, entregas de medallas de la ciudad, recepción de jefes de Estado y asistencia con la corporación municipal a la procesión del Santo Entierro. Como bandera histórica de España cuenta con los máximos honores militares. Se procesiona en dos ocasiones al año: en la procesión del Corpus Christi (60 días después del Domingo de resurrección, hacia junio) y en la Procesión de la Espada, cada 23 de noviembre, día de la Toma de Sevilla, por las naves de la catedral. Durante la II República, fue el único período histórico en siglos en que los munícipes se negaron a procesionarla.

El pendón de Fernando III, o de Sevilla, ondeando ante la Catedral de Sevilla.

sábado, 10 de enero de 2015

Cincuenta y seis castellanos furiosos

Por Jesús Torbado (periodista y escritor leonés)
(Artículo íntegro publicado en El País y El Alcázar, el 28/02/1978, y que bien podría haber sido escrito ayer)
Sobre ascéticas sillas de tijera, cual correspondía a los protagonistas de aquella furia previsible, se fueron sentando unos cuantos castellanos para escuchar el sermón de un jesuita vestido de paisano, burgalés de nación y catedrático de Historia del Derecho en la Universidad vallisoletana. No sólo había allí castellanos viejos descendientes de la pata de El Cid y amamantados a los pechos de don Francisco de Quevedo, fantasmas de reyes destronados y almas a las que el bautismo de la castellanía condenó para siempre; había también castellanos jóvenes y asombrados, damas de hogaño con peinado de zanahoria rallada o de escarola invernal. En total, unos 56. Gonzalo Martínez Diez se disponía a dar en la Casa Regional de Palencia una conferencia titulada «Castilla-León, víctima del centralismo», apertura de un breve ciclo en torno al «Nacionalismo castellano-leonés». Yo acudí una hora antes sospechando que ya Incluso me tocaría quedarme en la puerta, pues un tema de esa envergadura ofrecido a la población madrileña, que cuenta con dos o tres millones de castellanos, volcaría sobre el modesto salón de los palentinos exiliados a una vigorosa fauna de fotógrafos, periodistas, docentes, discentes, parlamentarios y líderes políticos.

El periodista y escritor leonés Jesús Torbado
Me equivoqué una vez más: quedaban sillas vacías. Ni uno solo de los periodistas castellanos que todos los días escriben Calalunya e hinchan los comunicados de los partidos abertzales, estaba allí, aunque habían sido avisados. En cuanto a los políticos, unos días antes se habla demostrado en Burgos que Castilla no tiene padres en el Parlamento, sino padrastros, y en los concurrentes todos vibraba la convicción de que los políticos castellanos estaban traicionando a sus electores, los de una mano y los de la otra, como habían traicionado a Castilla reyes y condes, recaudadores de impuestos y poetas, desde aquel día de 1469, cuando las aciagas bodas de doña Isabel. (¡Ay si los castellanos hubiesen escuchado a Enrique IV!)
Durante casi dos horas el abogado jesuita se fue sacando de la sotana que no llevaba el más abultado memorial de agravios que alguien pueda urdir. Los periódicos del sábado siguiente no ofrecieron una sola línea como resumen de sus diatribas y esa confirmada presunción encendía aún más los adormecidos espíritus de los 56 castellanos, de modo que hubiera sido posible que todos salieran a la calle con las ballestas cargadas o dispuestos por lo menos a patear los adoquines. Martín Villa, leonés de Santa María del Páramo y reciclado en Madrid y Barcelona, había dicho poco antes a sus paisanos que nada de pedir ellos autonomías, estaría bueno, que Tarradellas sólo quería una en España; que, en todo caso, les bastaban los privilegios de la leyenda y no debían rechazar los privilegios de los otros.
Pero Gonzalo Martínez no era un demagogo. Aparte de sus ristras de números, vino a decir que podía llegar un tiempo en que los castellanos se cansaran y que entonces sabrían los gobiernos de Madrid cuánto valía lo poco que ya queda en Castilla. Las cifras ofrecidas dejan tan atónito al oyente que resulta difícil asimilarlas. Y mientras unos castellanos decían: «No nos resignaremos a desaparecer», otros suplicaban que se les dejara morir en paz porque lo sabían todo, lo habían sufrido todo y eso ya no tenía remedio.
El historiador y abogado castellanista Gonzalo Martínez Diez.
Se equivocaban de terminología los parlamentarios al hablar de «Nacionalidades y regiones», pues deberían escribir «Nacionalidades y colonias», ya que la palabra nación parece borrada de los diccionarios. Castilla ha sido y es la gran colonia, decía el conferenciante. Y luego se limitaba a demostrarlo con aquellos números que llenaban de furor a los oyentes. Imagino que dentro de unas semanas, antes de la concentración en Villalar del 23 de abril, estos números aparecerán grabados con letras de barro a las puertas de todas las ciudades castellanas, o lo que de ellas quede.
Sosteniendo la historia con las manos, que es tal vez lo único que Castilla posea hoy, y amasándola con las cifras más violentas de la actualidad, Gonzalo Martínez va por la meseta inyectando un poco de rabia en las adormecidas sangres de aquellos que envueltos en sus harapos desprecian lo que ignoran, según la taumaturgia demagógica de Antonio Machado, porque se han llevado la sabiduría a otra parte, lo mismo que la riqueza y a los hombres mismos.
En los últimos treinta años ha emigrado de Castilla-León millón y medio de personas, pero en 1595 Mayorga de Campos tenía casi doble población que San Sebastián (633 vecinos contra 372), Paredes de Nava era como Santiago de Compostela y Valladolid era superada solamente por Toledo dentro de la Península. ¿Por qué se fueron tantos? No porque se tratase de una «raza inferior» -como decía el presidente de la Generalidad, Maciá-, no porque vivieran en una tierra mísera, como han dicho todos los políticos. ¿Por qué se fueron y por qué siguen yéndose?
«Cuando nosotros éramos nosotros», Castilla tenía el 83% de la población de España, pero un campesino castellano pagaba, durante todo el siglo XVI, cinco veces y media más de impuestos que un ciudadano de la Corona de Aragón. Durante el siglo siguiente, pagaba 8,38 veces más cada castellano que cada aragonés o catalán. Después de la reforma del gran azote de Cataluña, Felipe V, un castellano pagaba 29,5 reales de impuesto, mientras un catalán pagaba solamente 11,5. Las razones de las luchas independentistas catalanas y vasconavarras son las razones del deseo de no pagar. «Los que tiran la piedra se vendan enseguida la mano», decía Gonzalo. Y don Francisco de Quevedo escribía al Padre Nuestro Señor Felipe IV:
En Navarra y Aragón no hay quien tribute ya un real;
Cataluña y Portugal
son de la misma opinión;
sólo Castilla y León
y el noble pueblo andaluz llevan a cuestas la cruz.
Pero, ¿de qué sirven ahora los agravios de la historia? Hoy mismo una imprenta burgalesa paga de impuestos un millón de pesetas al año; la misma imprenta en Navarra paga 50.000 pesetas. ¿Solución? La imprenta castellana se va a Navarra (y los que en ella trabajan, también). El INI, que nace para «disminuir los desequilibrios regionales», opina, por ejemplo, que no es rentable industrializar Castilla e instala la Seat en Barcelona. Luego, la empresa privada (Renault) elige Castilla. De 230.000 puestos de trabajo creados por el INI, las once provincias castellano-leonesas tienen 5.000, y de naturaleza extractiva: saltos eléctricos uranio.
De los créditos de los nueve bancos oficiales hasta 1970, a cada español corresponderían 5.000 pesetas. Un navarro -que no paga impuestos al país común- se ha llevado- 50.000; un vasco, 17.000; un segoviano, 2.000. Esta ha sido la aplicación del dinero público en estos tiempos de centralismo y hegemonía castellana.
Ahora mismo, de un crédito para deudas de entidades locales (organizado por el difunto señor Viola siendo director general de Administración Local), de 28.000 millones de pesetas, han correspondido para todo León y Castilla menos de mil millones y 14.000 millones (la mitad del total) para la provincia de Barcelona. Por ejemplo.
Un constructor leonés debe cargar un 15% de impuestos en la obra a la que concurra. Si es navarro o está establecido en Navarra no cargará un duro porque el famoso Concierto le exime: se llevará, pues, la obra y esta obra se levantará en León o en Medina del Campo. ¿Por qué tantas empresas están domiciliadas en Alava o Navarra? ¿Por qué la sede social del Talgo de los Oriol está en Ribabellosa? Navarra se lleva 6.000 millones de pesetas a cuenta nuestra, dice Gonzalo, y es una situación tan ridículamente injusta y absurda la de los Conciertos que los del Mercado Común, cuando se enteraron, se partían de risa y afirmaban que jamás podría entrar en la Comunidad un país con tales repartos de privilegios por el riesgo de que todas las grandes empresas europeas se establecieran en Navarra.
Los impuestos percibidos del 95% de las vacas leonesas se pagan en Cataluña a través de las multinacionales lecheras y como el que más recauda más recibe, la riqueza de Castilla se queda fuera. La leche de Hospital de Orbigo (León) se envasa condensada «bajo licencia de Granja Castelló, SA, Mollerusa (Lérida)», según pone en el bote.
Si faltan vino o corderos en Castilla se realizan «importaciones de choque» para que no suban los precios al consumidor. ¿Cuándo se han importado televisores en color alemanes, que valen la mitad que los fabricados en Madrid o en la sometida periferia? Hace veinte años, un campesino pagaba unos zapatos alicantinos con diez kilos de trigo; hoy necesita cien kilos. Cuando el pacto de la Moncloa autoriza subidas salariales del 22%, a los agricultores se les autoriza el 8%.
El otro día los zamoranos (algunos de cuyos pueblos no están aún electrificados) pidieron cinco céntimos por cada kilovatio producido en la provincia. Se les dijo que no con malaspalabral. Pero Castilla (un 9% de la población) produce el 23% de la energía eléctrica y nada gana con ello, salvo que se impida crear regadíos y que esa energía les cueste lo mismo que a los de Tarragona, a pesar de las pérdidas de transporte: un 20%. Los impuestos se recaudan en el lugar de la comercialización, como si la riqueza eléctrica fuera creada en Bilbao, y no junto al río Esla. De todos modos, estas provincias excedentarias de energía eléctrica han sido elegidas para instalar en ellas centrales nucleares (León, Salamanca, Zamora). El hierro y el carbón leoneses mantienen vivos, con los obreros «coreanos», los altos hornos de Avilés y de Vizcaya. En Castilla, mercado reservado para las «nacionalidades», no se pueden montar industrias.
Ahora, algunas cajas de ahorro castellanas se han negado a entregar su dinero al Estado centralista, que hasta hoy lo ha invertido preferentemente en las provincias periféricas. Con sólo seis meses de ahorro de las cajas se habría concluido el Plan de Tierra de Campos, que lleva diez años atascado y que básicamente ha consistido en rellenar los baches de algunas carreteras. Y lo que podría ser un paraíso para la ganadería -es el lugar mejor dotado de Europa para el crecimiento de la alfalfa- es un vasto páramo vacío. No interesa regar. Interesa crear energía eléctrica para las fábricas extramesetarias.
Los agravios se multiplican con números y documentos. Castilla se ha sacrificado por toda España y sólo ha recogido pobreza, menosprecio e insultos. Pero Gonzalo Martínez cree que un día u otro los castellanos van a resucitar al Cid, o que surjan nuevos comuneros y toda una región expoliada por tres monarquías foráneas, manipulada por políticos vendidos a las oligarquías periféricas y madrileñas -incluso los políticos indígenas- se ponga en pie para exigir los mismos privilegios que los demás tienen o, si no se acepta este principio de justicia, para volver a las fronteras de 1468. Esto dijo Gonzalo en su conferencia. Y como ningún profesional hizo resumen de la misma, lo hago yo, que soy miembro de la vieja tribu aniquilada.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Crónica del Homenaje al pendón de Castilla (Cuenca, 21 de septiembre de 2013)

El Pendón Real de Alfonso VIII, Pendón de la Conquista o Pendón de Castilla, siempre enfundado para que no se deshilache, en los arcos del Ayuntamiento de Cuenca momentos antes del inicio de la procesión cívica del Traslado o Devolución del Pendón del Ayuntamiento a la Catedral. (Foto: Voces de Cuenca, 21/09/2013)

Inicio de la procesión (Foto: Voces de Cuenca)

La procesión del Traslado del Pendón de Castilla cruzando la Plaza Mayor de Cuenca. El pendón lo porta el concejal más joven de la corporación municipal (Foto: Las Noticias de Cuenca).
Recreación histórica (a cargo del grupo medievalista Conca), de los reyes de Castilla, Alfonso y Leonor, durante el acto. Los ropajes son reproducciones exactas de los reyes hallados en el Monasterio de Las Huelgas de Burgos, donde están enterrados. (Foto: Voces de Cuenca)
Detalle del Traslado (Foto: Voces de Cuenca).
Acto de devolución del pendón a la catedral en el Altar Mayor de la misma, junto a la estatua de San Mateo, momentos antes de iniciarse la Santa Misa en honor a San Mateo y al propio Pendón de Castilla, que presidirá la misa. El pendón será custodiado en la catedral durante el año (364 días). Esta es la razón por la cual, en realidad, hay dos traslados, el primero desde la Catedral hasta el Ayuntamiento el día 20 (por la tarde), donde pasará una sola noche, y el de la devolución del día 21, día de la conquista (por la mañana) donde pasará el resto del año. (Foto: CuencaNews).

Concentración castellanista en la Plaza Mayor de Cuenca (Foto John Elmer)
Tras salir de la Catedral en dirección a la estatua de Alfonso VIII a la ofrenda floral. (Foto Voces de Cuenca).
Frente a la estatua de Alfonso VIII, momentos antes de la ofrenda floral (Foto Voces de Cuenca).
Frente a la estatua de Alfonso VIII, momentos antes de la ofrenda floral (Foto Voces de Cuenca).
Fin de la procesión para las autoridades... (Foto Voces de Cuenca).
... no así para los castellanistas que harán su particular ofrenda y reunión de hermandad castellanista.
Numerosos castellanistas se van acercando.


Animosas conversaciones entre neo-comuneros del siglo XXI.


Docenas de espectadores se interesaron por primera vez por el castellanismo, quisieron hacerse fotos con nuestros pendones, etc. Se les invitó a sumarse el año que viene.

Pendones rojo de gules y su evolucionado cuartelado, los grandes protagonistas de la jornada.
Tras la jornada, el éxito de la convocatoria, convertida por primera vez en un acto reivindicativo por los castellanistas conquenses, se palpaba.







El lema de este año fue "Stop trasvases: regadíos y futuro en Castilla" como muestra de rechazo a los planes hidrológicos del Tajo y Júcar por no contemplar en nuestra tierra más que el abastecimiento urbano, negándonos el aprovechamiento agrícola, industrial y turístico que si se les concede a los vecinos, cuya prioridad vergonzosamente aparece en el borrador y que seguirán llevándosela gratis.
También se solicitó a las autoridades municipales que construya de manera urgente un mástil gigante con los pendones de Cuenca y Castilla, en un lugar emblemático de la ciudad tal como la Plaza Mayor o la Torre Albarrana del Castillo, donde ondeen permanentemente, y donde puedan ser izados, como un acto central más de cada San Mateo (21 de septiembre), jornada que conmemora la toma de Cuenca por las tropas castellanas y su vuelta a Occidente.


Pese a las numerosas bajas, éxito rotundo. El año que viene más y mejor.



viernes, 31 de mayo de 2013

Castilla-La Mancha: 30 años celebrando el fracaso

Por Javier Martínez.
Se cumplen 30 años de autonomía de Castilla-La Mancha. Momento de hacer balance. Este año toca ‘celebrar’ el 31 de mayo en Cuenca. No hay nada que celebrar, salvo el fracaso de la misma, pero se celebra. Para el pueblo que aún trabaja, políticamente ese día no significa nada, salvo un día más de vacaciones. Estampida general al pueblo y punto. Para el que no puede trabajar (camino del 30%), es un día más de agonía. Para la casta política, heredera de los caciques de toda la vida, es momento de colgarse medallas, darse premios, de solemnes discursos vacíos, de lucir palmito, de bla, bla, bla. Les propongo unas breves reflexiones.
El progreso según Castilla-La Mancha. TV digital por satélite domiciliario y pueblos abastecidos con camiones cisternas en el año trece del siglo XXI es perfectamente compatible. (Foto tomada en El Arrabal de Moya, localidad con un solo habitante en las faldas de la medieval Moya, Cuenca, hoy abandonada, orgullosa villa comunera en los confines de los reinos de Castilla, Aragón y Valencia.
¿Qué ha significado económicamente la creación de CLM? ¿Saben qué lugar ocupaba Castilla-La Mancha en el escalafón económico de las regiones de España hace 30 años y cual ocupa ahora? Hace 30 años nos situábamos en el sexto lugar por la cola, detrás de Extremadura, Andalucía, Canarias, Murcia y Galicia. Ahora ocupamos el tercer lugar, también por la cola, detrás de Extremadura y Andalucía. No es que no hayamos avanzado algo, faltaría más, es que avanzamos más despacio que el resto, perdemos posiciones relativas. Hemos pasado de ser una región agraria a ser una región no industrial. Porque aquí, si la industria pesa ahora porcentualmente más en el PIB no es porque suba, sino porque la agricultura baja. Me pregunto, ¿qué celebra la casta? Se nos dijo entonces que la autonomía serviría para acercar la administración al pueblo, para aumentar el bienestar del mismo, para dotar a las regiones de pulso político que las transforme económicamente. La milonga de ‘para acercar la administración al ciudadano’ se ha traducido en un simple cambio nominativo y en aumento de altos cargos.
"Hace 30 años CLM se situaba en el sexto lugar por la cola, detrás de Extremadura, Andalucía, Canarias, Murcia y Galicia. Ahora ocupamos el tercer lugar, también por la cola"
En los edificios capitalinos provinciales donde antes ponía Ministerio de tal, ahora pone Consejería de cual. La descentralización administrativa estaba hecha, faltaba la política. Así es como surgió una nueva élite política que pronto se transformaría en casta y en parásita.  A cambio, se crearon fronteras autonómicas administrativas en la meseta donde nunca las hubo, ya saben, para ‘acercarse al ciudadano’. Juas, juas. No se les ocurra ponerse enfermos de algo más que una gripe, porque la ‘solución’ que esta autonomía les ofrece se llama turismo sanitario por la neo-región resultante de trocear la antaño llamada Castilla la Nueva. Guadalajara y Cuenca, los patitos feos de esta invertebrada sub-meseta lo sabemos bien. Da igual que esté más cerca Madrid, o que Alcalá de Henares se encuentre a tiro de piedra de Guadalajara, te operan en las lejanas Albacete o Ciudad Real y listo. Si a Castilla La Nueva le restamos Madrid, lo que queda es un pollo sin cabeza rebautizado como Castilla-La Mancha. Y Madrid no es otra cosa que el pueblo más grande de Segovia. Tres décadas después, la vida de ambas sub-mesetas sigue pivotando sobre Madrid, la cabeza del pollo, pero con la dificultad añadida de unas fronteras administrativas infumables como única creación destacable de la casta política que nos parasita. Digo casta porque es endogámica, cerrada y la pertenencia a ella es un derecho adquirido por años de sumisión al jefe de la manada; y parásita porque viven a costa de otro de la misma especie, depauperándolo y alimentándose de él sin llegar a matarlo pero casi.
"Si a Castilla La Nueva le restamos Madrid, lo que queda es un pollo sin cabeza rebautizado como Castilla-La Mancha. Y Madrid no es otra cosa que el pueblo más grande de Segovia".
En estos 30 años hemos visto de todo. Más malo que bueno, para qué engañarnos. Un mega incendio en Guadalajara que se saldó con 11 muertos destapó que los bomberos de Soria y Madrid no podían ayudar en tiempo y forma con la rapidez que hubiese sido deseable. Ya saben, había una frontera administrativa que respetar. En una Castilla unida (toda la meseta es una unidad geográfica e histórica incuestionable no así política ni administrativa, lamentablemente), esas cosas no sucederían, pero claro, eso implica menos sillones, menos casta, menos fronteras y más ahorro y coherencia territorial. Menos fronteras, pese a lo cual todavía hay quien cree que el castellanismo es un nacionalismo más. Y no es cierto. 
Cuestionamos el modelo autonómico que troceó a Castilla en cinco regioncillas y nos hizo así irrelevantes e inviables por separado, no a España. Que quede bien claro. Los castellanistas somos unionistas castellanos, no rupturistas. No hay futuro sin unión, ni en Castilla ni en España. Lo que más hemos visto en estos años ha sido trasvases de agua, que es como decir trasvases de riqueza y población. Esos nunca faltan a su cita. El 47% de los conquenses viven fuera de la provincia, ya han sido trasvasados. Naturalmente gratis. Porque ofrecer gratis los recursos castellanos a la periferia es nuestro papel en España. Treinta años después, emigrar sigue siendo la única opción. Normal en una tierra donde el agua va y la basura viene.
El ATC es eso, basura atómica. Nos han vendido la moto de que un ATC es una instalación industrial cuando por definición un almacén carece de actividad manufacturera. Se nos prometió que con la autonomía llegarían los regadíos y la nueva agro-industria a La Manchuela conquense y albacetense, a razón de 50.000 hectáreas, para diversificar la agricultura, aumentar rentas del campo, crear miles de empleos, y para modernizarla "porque hay agua para todos". Para todos los periféricos, claro. Otro fracaso rotundo que demuestra que el pulso político de esta región-guión-comarca es cero patatero. In extremis nos libramos de un campo de tiro del ejército en Cabañeros, el Serengueti castellano, hoy Parque Nacional. Aún resuenan en mis oídos los ecos de un ministro catalán, Narcís Serra,  que nos soltó aquello de "un campo de tiro es compatible con la Naturaleza". Sobre todo si es la castellana, ¿verdad? Cuando echaba a andar esta autonosuya, treinta años ha, El Quijote era la obra cumbre de la literatura castellana. Hoy es cualquier cosa, un polideportivo municipal, un polígono industrial o la mancomunidad que recoge las basuras.

Hasta el nombre de esta autonomía es hortera y antihistórico. ¿Porqué no Castilla-La Alcarria o Castilla-Los Montes de Toledo? La Mancha, provoca sonrojo tener que recordarlo, es una comarca castellana más, no una región. Treinta años después, los políticos de esta tierra gestionan, tramitan, pero no transforman. Ese es el drama. Los reyes y los siglos pasan, los problemas se quedan. ¿Y qué gestionan? Todas las Consejerías se dedican a tramitar subvenciones, al fomento de la economía de la subvención. Los políticos gestionan sus propias carreras profesionales, nada más. Su única aspiración es saltar a otro puesto en Madrid y sumar años hasta la jubilación.
"Cuestionamos el modelo autonómico que troceó a Castilla y nos hizo así irrelevantes e inviables, no a España. Que quede bien claro"
Fuera de la política no hay nada, y dentro de ella no hay vida inteligente, solo trepas. Los partidos políticos son meras agencias de colocación. Se cuentan por docenas los padres que ‘apuntan’ al partido a sus retoños con 14 años, incluso antes. Tienen claro que la política ha dejado de ser una representación para ser una profesión, la única bien remunerada en esta tierra. CLM no pintaba nada hace 30 años y así seguimos, para que andar con rodeos. Las infraestructuras siguen siendo radiales (ahí está inconclusa ad eternum la A-40), lo que nos condena a ser simple lugar de paso, desbaratando así cualquier posibilidad de desarrollo endógeno. Hace treinta años pensábamos que con la autonomía se construiría el ferrocarril convencional Cuenca-Albacete, proyectado en 1948. No solo no existe aún sino que la línea convencional Madrid-Valencia por Cuenca está prácticamente desmantelada y la Aranjuez-Toledo ya ni existe. 

Es cierto que ahora tenemos una flamante Universidad, pero no es menos cierto que ésta ya no es el ascensor social que debía ser (el tapón social alcanza límites más que medievales). Ahora es un cementerio de ilusiones cuando no una fábrica de parados. Y no culpemos a la crisis, que la mayoría de facultades no han colocado a un titulado en su vida. Sus profesores tienen carnet de partido en un porcentaje escandaloso y se dedican a "investigar", en un 60% de los casos, cosas ya conocidas, o a hacer informes que apilar en una estantería; y sus alumnos no tienen más meta que acabar de repartidores de pizzas y gracias. Esta tierra sigue siendo el coto de caza con cortijo que siempre fue y la anunciada reforma de la ley electoral y de las Cortes tienen por misión garantizar precisamente eso, más bipartidismo (y menos pluralidad política), justo ahora que se derrumba. Hay que mantener el cortijo a toda costa. ¿Demoqué?, ¿dónde quedó, señora Cospedal, el liberalismo que se le suponía? Empiece por liberalizar la política. Entre pintoresco y patético fue el llamamiento del Defensor del Pueblo pidiéndole a éste públicamente en su web, que le defendiera del anunciado cierre "porque solo cuesta seiscientos mil euros al año" mantenerle en el chiringuito. Hace treinta primaveras las pensiones en CLM eran de las más bajas de España. Hoy seguimos igual, pero con el agravante de que ahora muchos hijos y nietos viven del abuelo. Y como aquí nadie transforma, dentro de otros treinta inviernos, más de lo mismo. Dentro de otros treinta, nadie recordará que 60 años atrás, cuando las autonomías eran embrionarias, teníamos 5 o 6 cajas de ahorros en cada sub-meseta, algunas tricentenarias, y que gracias al mangoneo legislativo de partidos y sindicatos que la autonomía chikilicuatre favoreció, acabaron en quiebra y todos se fueron de rositas. Una mano (la del PSOE), lava a la otra (la del PP), y las dos se lavan la cara.
Hace treinta años no supimos aprovechar la nueva etapa que con el Estado de las Autonomías se abría. Basta mirar el mapa español para darse cuenta que el castellano es el único pueblo hispánico que no vive agrupado en una sola administración autonómica. Castilla a secas, y por tanto los castellanos sin aditivos, no existimos... y eso que nadie ha hecho tanta historia como nosotros. A alguien le interesamos divididos, callados y vencidos. Con doce millones de castellanos aproximadamente, Castilla unida pudo ser la autonomía española más potente económica y políticamente, lo que sí se traduciría en capacidad transformadora, en futuro. Se acabaría eso de ir reptando cual ciudadanos restospañoles de segunda. Pero no fue. La cuestión hoy es, ¿porqué no serlo ahora?, ¿lo seremos algún día? No mientras prevalezca la casta del 31 de mayo en lugar del espíritu comunero del 23 de abril. Como dijera el escritor alcarreño Juan Pablo Mañueco, “Castilla, si quiere ser, tendrá que asumirse en lo que es. No hay otro camino” (Mañueco, J.P., en “Castilla, manifiesto para su supervivencia”, Editorial Riodelaire, 1984)